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 PLANO DESCONOCIDO

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Gabrix78
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Mensaje(#) Tema: PLANO DESCONOCIDO 17/06/17, 06:33 pm

Cronómata
 
Bazzle se despertó sobresaltado. Oyó un grito de alarma y sonidos de botas corriendo afuera. Se sentó con cierto esfuerzo y escuchó los tictac de los doscientos doce relojes que lo rodeaban. Fue un ruido reconfortante, tanto que el grito de ayuda tuvo que registrarse una segunda vez en su mente antes de que él se diera cuenta de lo que probablemente había sucedido.
Se ha vuelto a escapar. ¡Mi creación sigue desafiando mis deseos!
Miró hacia el caparazó de bronce de la criatura, completamente cubierto de filigranas y una ligera pátina de herrumbre que de alguna manera la hacía lucir majestuosa. Él mismo había hecho todo el trabajo, por supuesto, y con su única y buena mano. Había perdido el brazo izquierdo por la plaga que había sido su constante compañera durante los últimos seis años: la plaga que había convertido al extraño relojero en el paria del pueblo. Estaba seguro de que, si no fuera por sus raras habilidades, hacía mucho que él habría sido arrojado al bosque cubierto de nieve para ser olvidado para siempre.
Probablemente habría sido mejor... no, eso es sólo autocompasión. Que mal estás anciano.
Había abandonado sus sueños de tener esposa, hijos e incluso de ser un mentor con su propio aprendiz. Así que él vertió todo su ser en su trabajo. Ninguno de los aldeanos comprendió por qué todos los demás afectados por la repentina plaga habían muerto mientras que este extraño chapucero seguía viviendo. Cuando los pedidos de relojes cesaron inevitablemente, él igual continuó, creando reloj tras magistral reloj. Su espacio de trabajo comenzó a parecerse a una tumba cubierta de vegetación en un bosque de plata y bronce, haciendo tictac, tañiendo, y sonando a su alrededor. El imaginaba que eran coloridas aves.
Pero esto: esto era el pináculo de su obra. El casi se había vuelto ciego cortando los miles de engranajes que necesitaban las piernas. La jaula del pecho había sido de lejos lo más difícil y él había necesitado dos llaves enormes -delantera y trasera- para darle cuerda a sus resortes. Trabajando con sólo un brazo, había encontrado una manera de girar las llaves simultáneamente: girando la delantera lo suficiente para que el brazo del mecanismo funcionara y girara la de atrás. Eso le había llevado un año entendero y otro año para que los movimientos se alinearan con precisión. El recuerdo le hizo sonreír.
Sí, esta era su gran creación. Una que sería su legado duradero para un mundo que lo había rechazado. Pero ahora parecía que incluso esta prefería la compañía de otros y salía por su cuenta por la noche para aterrorizar a los aldeanos. El escondía las llaves, encadenaba a la cosa y ataba rocas a ella, pero nada parecía ser suficiente.
No se puede culpar a la cosa. Hasta tú también te irías por tu cuenta si pudieras.
A veces el se despertaba para encontrar cosas extrañas en su tienda, objetos que no tenían nada que ver allí. El yelmo de un guardia, los estribos de una silla de montar, incluso un par de dientes de madera. Sobre todo encontraba extrañas llaves, cientos de ellas, llenando pequeños sacos de arpillera y apilados cerca de la puerta. El nunca se molestó en devolverlas ya que sus dueños originales nunca las volverían a tocar ahora que él lo había hecho. Así que él simplemente las empujó en uno de los pocos rincones de su tienda que no estaba cubierto de partes, herramientas o virutas y se olvidó de ellas. Eran de latón después, de todo, y no le eran de utilidad.
Esa mañana él miró cautelosamente a su entorno para ver si se volvía a sorprender. Se acercó torpemente a su mesa de trabajo, casi volcando su silla favorita, y se detuvo en seco, soltando un patético grito. Allí, sobre la cubierta de cuero de la mesa, había un vulgar brazo mecánico.
Realmente te estás volviendo loco, anciano. Ahora estás haciendo cosas que ni siquiera recuerdas haber hecho.
Se acercó cautelosamente, extendiendo lentamente su buena mano como si esperara que la cosa saltara y le agarrara por el cuello. Hizo una mueca de disgusto cuando lo tocó pero la cosa no se movió en absoluto. Algo no estaba bien sobre este artefacto. Algo que tiró de la mente de Bazzle.
Sacó la cinta de cuero que sostenía sus cristales de lectura en su lugar del reloj de lechuza junto a su escritorio y se la puso. Luego colocó la lente más gruesa sobre su ojo y comenzó a examinar el trabajo delante de él.
¡Sin filigrana, sus esquinas toscas sin alisar y clavijas martilladas! ¿Y ese era un rastro de mineral gris... zinc? ¡Esto era de latón! Bazzle se negaba a usar latón ya que rebajaba el resultado final de su arduo trabajo, al menos en su opinión.
Tú no hiciste esto. Ningún otro podría haberlo hecho.
Su paradójica línea de pensamiento fue interrumpida cuando notó algo. Había líneas en el brazo, después de todo, pero parecían tener un sentido casual; claramente intencionales pero carentes de toda lógica artística. Ahí fue cuando él vio los dientes angulares y las asas con bucles.
Llaves. Esto está hecho de llaves derretidas.
Lo comparó con el brazo de criatura, el que había hecho él, y encontró las pruebas que había esperado no encontrar. Los dedos de la cosa estaban cubiertos de limaduras de latón, mantenidas en su lugar por aceite de relojero. Durante décadas él se había limpiado una mezcla similar de sus propias manos al final de un largo día de trabajo.
Parecía que al fin él tenía un aprendiz.
Bazzle miró fijamente, con los ojos abiertos de par en par, mientras las implicaciones comenzaron a llenar su cerebro como leche vertida en agua. De algún modo la criatura había aprendido el oficio del creador y lo estaba usando para construir... ¿qué? ¿Un compañero? ¿Un ejército?
El tiró frenéticamente de la llave de la caja de la cosa pero aún estaba cansado y le falló el brazo sano. Apretó los dientes y tiró de nuevo, esta vez desalojando la llave y enviándola repiqueteando por el suelo de la habitación. Para su horror el brazo de la criatura se estiró y comenzó a girar la llave trasera, el fuerte sonido de arranque llenando el triste y pequeño taller. Antes de que Bazzle pudiera hacer algo la mano se echó hacia trás y lo golpeó directamente en el rostro. Lo último que él oyó fue el sonido de los doscientos doce relojes. Era hora del desayuno.
En la segunda mañana Bazzle se despertó solo, con un terrible dolor de cabeza que le recordó al ataque del día anterior. Miró espantado alrededor, tratando de recordar dónde había arrojado la llave. Con ella él podría recuperar el control de su creación y desmantelarla, poniendo fin a este terrible emprendimiento y quizás salvando al anciano de algo de su menguante dignidad.
La milicia marchaba afuera y él podía oír los gritos roncos del sargento de armas. Estaban registrando las casas de campo, sin duda buscando a su travieso niño de metal, pero sabía que ellos no vendrían a llamar hoy. El cráneo negro pintado en su puerta, el símbolo de la peste, era mejor que los muros del castillo para mantener fuera a los invasores. Se encontró deseando que volviera el visitante anual que le daba una mano nueva a la pintura.
La luz del sol que entraba por el agujero de su techo de paja causó un brillo en la esquina de su ojo. ¡La llave! Esta descansaba bajo lo que solía ser su mesa de comedor, pero que ahora estaba cubierta de herramientas y trozos de metal, como todas las superficies de su tienda. Se puso de pie, gimiendo de dolor y perdiendo de repente el equilibrio. Cayó hacia su banco de trabajo, agarrándolo por estabilizarse. Cuando se levantó, se le fue el corazón a la boca.
Se halló mirando fijamente a una cabeza cortada.
Se tambaleó en estado de shock. Cuando su mente comenzó a volver en si reconoció los rasgos metálicos que había llegado a conocer en el brazo misterioso. Esta era una cabeza mecánica. El yelmo del guardia había sido moldeado en una calavera, las propias lentes de aumento de Bazzle reelaboradas como ojos, y los estribos y dientes de madera en la mandíbula en una triste burla de un rostro humano. El podía oír su corazón latiendo profundamente y bajo en sus oídos, casi al mismo ritmo con el tictac que lo rodeaba, pero no exactamente.
Tu hijo ha crecido tanto que no lo puedes controlar. Deberían haberte abandonado en ese bosque. Estúpido y triste anciano.
El cayó al suelo y extendió la mano hacia la llave justo cuando oyó el temido pero conocido zumbido de engranajes. La cosa tenía una mente propia y aparentemente no tenía intención de moverse en silencio. Bazzle se arrastró con su buen brazo hacia la dorada promesa que representaba la llave.
Ahora no está tan lejos. A sólo un brazo de longitud, a sólo una mano de ancho, a sólo dedos de distancia.
Sintió el frío metal de la llave en la punta de su dedo justo cuando el brazo de la cosa se cerró sobre la parte posterior de su cuello. Dolor le atravesó la mente y sintió que la habitación giraba. Vio a la cosa estirándose por la llave, oyó la acción metálica del mecanismo cuando la cosa deslizó la llave en su lugar...
A la tercera mañana, Bazzle abrió los ojos. Se olvidó por un momento de los acontecimientos acaecidos los últimos dos días, un estado mental que pronto envidiaría. Se dio cuenta de que estaba sentado en su mesa de trabajo. El dolor en su cuello le hacía querer estirarse y frotarlo pero su brazo no atendió al llamado de sus instintos.
Una mirada alrededor de la habitación le dijo el por qué: su antiguo brazo bueno estaba tendido en el suelo cerca de su cama y en su lugar, unido a su hombro, estaba el brazo de metal de días antes.
¿No era esto lo que tú siempre habías querido?
El bajó su mirada a su creación; su cuerpo de metal. El cuerpo que había pasado seis años haciendo. El cuerpo que le había ayudado a engañar a la plaga mortal. Bazzle se dio cuenta demasiado tarde de que la cosa no estaba haciendo un compañero. No estaba construyendo un ejército. Simplemente había decidido que ya no compartiría un cadáver con un viejo relojero pudriéndose.
Los brazos comenzaron a moverse de nuevo y sin importar cuánto les gritó la mente de Bazzle para que se detuvieran él no pudo controlarlos. Tanto la mano que él había hecho como la que no había creado ahora servían a un maestro diferente y no había nada que pudiera hacer más que obsrvar.
El escritorio estaba cubierto de herramientas de cirujano: una sangrienta sierra de hueso y una cuchilla enorme. Observó cómo el brazo que él había hecho entró en acción, los resortes cantando su canción por la inminente liberación de la tensión. Los dedos de metal se envolvieron alrededor de la cuchilla, la levantaron hasta la altura del cuello y se echaron hacia atrás.
Lo último que vio fue el techo de su tienda girando sobre el piso a su alrededor. No oiría el clic final de la cabeza cuando la mano la hizo encajar en su espacio recién vacío.
Su creación al fin estaba completa.
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